La autoridad de los mayores (1)

Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron me enseñaron bien y me marcaron dos reglas sagradas, dos internas y una externa:
- Regla 1: En esta casa las reglas no se discuten.
- Regla 2: En esta casa se debe respetar a papá y mamá.
Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía. Ni siquiera mi padre.
Nuestra madre nos mantenía a raya con la simple amenaza: "Espera a que llegue tu padre". Las madres estaban en su casa. Los padres salían a trabajar. Porque había trabajo para los padres y los padres volvían a su casa. El respeto por la autoridad del padre (desde luego, otorgada y sostenida por mi madre) era razón suficiente para cumplir las reglas.
Algún “moderno” dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: ayudaba mucho saber que uno tenía reglas que respetar.
Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían.
§ Me contenían al darme un horizonte para que no me perdiera en la nada.
§ Me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas.
§ Me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.
Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes como eran "lavarse las manos antes de sentarse a la mesa" o "escuchar cuando los mayores hablan".
Había otro detalle, las mismas personas que me imponían las reglas eran las mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No había diferencias. Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera.
Sin embargo y no lo dude, muchas veces desafié "las reglas" mediante el sano y excitante proceso de la "travesura" que me permitía acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los límites. Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente.
La travesura y el castigo pertenecían a un mismo sabio proceso que me permitía mantener intacta mi salud mental. No había culpables sin castigo y no había castigo sin culpables. Es fácil vivir en un mundo predecible.
El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el rencor y cortaba los privilegios. Las travesuras no eran acumulativas. Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal castigo. Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados a cumplir.
Así fue en mi casa y así se suponía que era en las otras casas. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé que fuera de mi casa había "travesuras" sin "castigo", y una enorme cantidad de "reglas" que no se cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido. El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba.
Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí, aún sigo siendo un ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: "la impunidad". ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad. En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad.
Le explicaré:
§ Justicia, porque "el que las hace las paga".
§ Piedad, porque uno cumplía la condena estipulada y era dispensado y su dignidad quedaba intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo. Y ni un minuto más y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.
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